2012🚦
recorriendo aquellas calles
Invertía las horas en aquel reloj; tuena luz reflejaba tus gafas al sol, con la calma y los roces cada día. Y llegaron las palabras. Es ahí donde desvestimos el silencio y cerramos puertas, abrimos lágrimas y bocas.
Todo quedó en pretérito.
Y es aquí, con ese impulso de la noche y con el vacío que queda al leerte a kilómetros de distancia, donde pierdo la calma y juego con el tiempo. Y sus incendios.
La necesidad de las noches compensa el miedo al devenir de las mañanas, y en ese cristal tenemos la respuesta.
Esa actitud de impulso hace que empiece a resquebrajarme, y lo sigues intentando. Ese chasquido, esa luz que desprende tu mirada al saber de mí, te rompe el cerebro. Nunca tuvimos equilibrio.
Te estudié durante siglos y sigo observándote desde aquí, y aunque sigas sin entender el caos, mi desorden está creándose, y desde esta barra solo alcanzo la puerta de salida, pero está cerrada, y otra vez se ha hecho de día.
Ese calor de otros brazos, o el sabor de la victoria en otros labios, forma la línea que separa tu historia de la mía, y los lazos que se descosen a medida que comento errores, tú los enmiendas.
Haz de mí un éxito, que pueda seguir navegando entre imposibles cuando lo invisible está en tus ojos, que siga enamorándome todos los días aun sabiendo que me miento en el espejo. Házlo, venga.
Me reconoces las pistas en los charcos y en las gotas de la ducha cuando escondes tus lágrimas, en el aire blanco de tus pulmones y en los escotes de las chicas.
Me reconoces en mi foto. Pero no en mi alma.
Pero, al igual que para el caos, no existen sinónimos;
tú y yo seguiremos siendo eléctricos.

